martes, 22 de junio de 2010

El psicópata diabético

…Y AC dijo:

¡HÁGASE LA LUZ!

Y la luz se hizo...

La última pregunta

Era un día normal, y Diego realizaba la misma jornada laboral que desempeñaba todos los días, llegaba a su humilde pupitre de tres por tres metros en el cual apenas había espacio suficiente para su mórbido y torpe cuerpo, se sentaba en la misma silla giratoria de escritorio y encendía el ruidoso tarro centellando luces verdes de agonía. Después de esperar cerca de 5 minutos a que cargara el sistema operativo, abría raudamente unos cuantos documentos de Excel en los cuáles debía trabajar, daba un par de “clicks” aleatorios en el escritorio del computador y procedía a ingresar al internet.


Esperaba inquieto a que la secretaria de siempre dejara de darse sus paseos habituales entre el baño y su escritorio y se sentara por fin a esperar las órdenes del jefe que llegaría en dos horas más. Sólo entonces abría múltiples pestañas en el navegador observando de todas formas de reojo por sobre su casilla y en la primera pestaña buscaba ágilmente en Google aquella palabra que tanto acostumbraba escribir en su teclado; porno.


De inmediato se desplegaban ante sus ojos más de ciento ochenta y ocho millones de resultados con millones de páginas con contenido pornográfico a su alcance y sin poder resistir más la tentación abrió la primera que le llamó la atención entre anuncios de zorras y cangrejas. Perdido ya entre tantos videos eróticos cesó al fin su excitante travesía virtual “cansado” de ver tanto sexo (aunque sólo haya visto cinco minutos adelantando y pausando varios videos) y cerró la pestaña sacándose los audífonos para ver si nadie había escuchado los alaridos de las mujeres que le regalaban sus cuerpos a gente como él.


Era hora de abrir la segunda pestaña, entre la exaltación por su primera acción gozosa del día y el nerviosismo que le producía saber que en cualquier momento aparecería alguien detrás suyo para delatarlo por sus pecados, ingresó a la más malvada y oscura de las páginas que alguien haya osado crear, un servicio capaz de aniquilar las vidas de las personas, un servicio que más parece –vicio, que se alza entre comentarios ridículos y banners azules, ingresó en fin…al malvado Facebook.


—Correo electrónico… —Sólo le bastó un momento pata teclear su patético email… dieguito_sexy21@hotmail.com.

Contraseña… —rápidamente presionó la tecla TAB e inmediatamente ingresó aquella clave que tantos secretos hubo de guardar; “camila13131234”.


Incapaz de olvidarla, Diego continuaba ocultando ese secreto que ha de seguirlo por el resto de su vida, aquel amor que estúpidamente se vuelve a revelar en su contraseña, aquella pasión imposible, ese amor prohibido con su esbelta y carismática prima, el recordar esa sonrisa de ángel, aquellos ojos felinos con su mirada tan tierna como fiera, sus labios finos retocados con un exquisito labial rosa y su larga cabellera dorada que realzaba aún mas la belleza de su suave piel blanca como la nieve. Durante los primeros años de la infancia la amó, aún cuando no sabía lo que era amar. Disfrutaba todos los veranos cuando sus padres lo obligaban a ir con sus tíos de vacaciones en una cabaña de la costa, aquellos tiempos en que su diabetes aún no se manifestaba y era feliz viviendo como un niño normal, corriendo, saltando, jugando al lado de su querida Camila. Días felices en los que pasaban tardes enteras jugando entre la arena y el mar y noches en vela hablando de sandeces infantiles para luego acostarse juntos en el acogedor lecho de la inocencia prepuberal. Ella lo quería quizás tanto como él a ella y gozaba tanto aquellos tiempos como él, sin embargo todo hubo de cambiar ante la inminente llegada de la adolescencia, periodo maldito que terminó por arrebatarle a Diego el brillo y la gracia de su corta vida. De a poco fue viendo como su fibrosa figura se volvía fofa y grasosa, como la agilidad de sus piernas caía a niveles de sedentarismo puro y de cómo su rostro se hinchaba hasta parecer una asquerosa bola de arroz.


Aún cuando sus padres hicieron lo posible por tratar su repentina diabetes, nada servía y Diego seguía consumiendo aquella comida prohibida, ahogándose cada vez más con su cuerpo y secando sus lágrimas con las láminas de grasa de su abdomen. En sólo dos años fatales, Diego se transformó para siempre, su cuerpo era a simple vista el triple de lo que era y su entusiasmo era un tercio de lo que fue. Y cuando su vida ya no veía salidas, su madre murió de un raro cáncer que atacó de improvisto a sus débiles pulmones, enviando a la penumbra todo rastro de felicidad en Diego, viviendo en la miseria con su padre cesante, siendo abusado en la secundaria por sus compañeros de clases, burlándose constantemente de su físico y obligándolo a golpes a cometer delitos oscuros que condicionaron sus estudios. Tras finalizar a rastras su cuarto medio en medio de traumas y pecados, logró ingresar a estudiar con una beca turbia a un instituto técnico para ser contador.

Camila mientras tanto, gozaba de una vida plena y bella, floreció como una preciosa rosa blanca rociada con la fortuna de la vida. Terminó sus estudios secundarios en un liceo femenino (sin sucumbir al lesbianismo) con un resultado académico destacado y entró a estudiar medicina en la universidad más importante y prestigiosa del país.


Finalmente el padre de Diego falleció en una riña de bar y Diego debió acostumbrarse a llevar una vida triste y solitaria (más aún de lo que había sido), dejó el instituto técnico y se consiguió por medio de un amigo de su difunta madre un trabajo como contador en una empresa dedicada a la venta de cajas de cartón. Así…conviviendo entre ratas y vagabundos que alojaba en la que fuese la morada de sus padres, vivía Diego, esperando a que el destino se apiadara de su vida y lo matara de una vez, ya que cuando intento ahorcarse se dio cuenta que la grasa de su cuello no lo permitía.


Todo marchaba de mal en peor hasta que en el ocio del trabajo se sorprendió al entrar por segunda vez en su página de Facebook y ver en las sugerencias la dulce y bella fotografía de Camila. Reuniendo las agallas que se habían quedado atascadas en la grasa de sus venas, le envió la invitación para que fuese su amiga agregando un breve mensaje que tardó horas en redactar: “Hola!, soy el Diego, tu primo, jajajajaja, tanto tiempo.”


Semanas estuvo desesperado aguardando la respuesta, ansioso por su aceptación que para él significaba casi como que le dijeran que sí a su propuesta de matrimonio, estuvo días comiendo y comiendo encerrado en su cuarto luego de comprarse un computador viejo y usado en mercado libre y colgándose de una conexión inalámbrica del edificio vecino, hasta que por fin llegó aquella magnífica notificación;


“Diego Gutierrez Jorquera y Camila Jorquera Pinto son ahora amigos”


Volvió a Diego esa pizca de felicidad y se dibujó en su rostro una sincera sonrisa, inmediatamente revisó el perfil de Camila, respirando con tranquilidad al ver que seguía soltera y gozando de satisfacción con sus fotos, miles de fotos de ese agraciado rostro y aquel bello cuerpo. Se desahogaba de placer con esas cientos de fotos de sus últimas vacaciones en la playa, donde modelaba junto a una amiga en un hermoso bikini negro con su piel levemente bronceada y con el rocío de la brisa marina que la hacía por algún motivo infinitamente más irresistible. Se contenía las ganas de hablarle por el chat cuando estaba conectada por miedo de que no quisiera hablarle y en parte por esa estúpida vergüenza humana incomprensible. Meses de seguimiento y “psicopateo”, conociendo su vida social, envidiando a los compañeros de universidad que le escribían en su muro declaraciones de amistad, odiando a sus amigas que eran incapaces de apreciar la suerte de haber conocido a tan magnifica persona y maldiciéndose a si mismo una y otra vez por ser como era y por ello haber alejado hace tantos años a su Camila.


Luego de entrar a Facebook dejando de lado todos estos inquietantes recuerdos, quedó petrificado al ver aquel dibujillo rojo, esa figura desesperanzadora y comprometedora, aquel corazón que latía burlándose de su cuerpo, burlándose de su timidez y riéndose de su estupidez dónde se entrelazaban en relación amorosa su siempre amada Camila con uno de los tantos pretendientes que tanto vigiló por meses;


“Camila Jorquera Pinto está en una relación con Eduardo Larraín Goyenechea.”


Su corazón no podía más, era su final, antes de caer helado al suelo lanzó un ahogado grito de dolor agarrándose con una mano el corazón, buscando inútilmente con la otra sus pastillas de insulina que había olvidado en casa. Cogió desesperadamente con su mano derecha el transpirado mouse, clickeó sobre la foto de Camila y tomando una última y larga inspiración tipeó las dos palabras que siempre quiso pero nunca se atrevió a decir:


—Te amo


El frío alcanzó su mano y su alma antes de poder apretar “enter”, y volcándose con la silla cogió el monitor con su brazo, cayendo al duro suelo abrazando la inerte imagen sonriente de su amada Camila.


No hay comentarios:

Publicar un comentario